Hola! qué tal?
Bueno, les comento... tengo la intención de que ésta sea una "historia por entregas". Cada vez que pueda voy a ir agregando un capítulo.
Recuerden que las entradas mas viejas son las q estan mas abajo.
Leer Primer capitulo
Les agradezco que me dejen un comentario, sugerencia o crítica para poder mejorar =)
Espero que lo disfruten
*~Maëglin
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Con tantas cosas en la cabeza, me había olvidado de la inminente llegada de mi hermano. Fue un reencuentro muy cálido:
-Siempre con la cabeza en otra... No sé por qué no me sorprende.- me reprendió, al ver el asombro pintado en mi cara cuando lo recibí.
-Hola, hermanita querida, ¿cómo estás?-le dije, con un toque de ironía.
-Hola, ayudame con los bolsos y después hablamos todo lo que quieras.
Puse los ojos en blanco y levanté el bolsito que había quedado en el pasillo, que pesaba más o menos, la mitad de lo que pesaba yo.
-¿Qué llevas acá adentro? ¿a tu perro?
-No, es sólo un cadáver-me respondió en tono lúgubre.
Si no lo conociera tanto, me lo habría creído. Lautaro era de esos que se toman tan en serio una broma, que la mayoría de la gente no se daba cuenta de que lo era.
-Jajaja- arqueé una ceja.
Volviendo al presente...
Me levanté bien temprano para ir a laburar, haciendo el menor ruido posible. Miré con nostalgia a cama que aún conservaba mi calor.
Lautaro no me acompañó en el desayuno. Siempre fue de los que dormían mucho, costumbre que compartía con él. Mientras leía el diario, trataba de no pensar en Eric, cosa que no pude lograr del todo: también había sido invadido por la campaña publicitaria del concierto.
-Bueno, basta.-le dije al diario.
Seguí pasando las hojas y me concentré en las “alentadoras” noticias típicas. Crisis, guerras, algún que otro asesinato. Creo que la gente es definitivamente masoquista al empezar el día leyendo ese tipo de cosas. Yo, por costumbre heredada, era así también... Y será por costumbre, quizás, que ya no me afectan ese tipo de cosas.
Miré el reloj, al cabo de un rato. Tenía que entrar a trabajar en media hora. Apuré lo que quedaba de café con leche y fui a buscar mi cartera.
Cuando abrí la puerta, me recibió una ráfaga de viento, que me congeló. Temblando, fui caminando hacia la parada del colectivo.
El día transcurrió como cualquier otro, desprovisto de algo interesante que lo adornara. Llegué a mi casa exhausta, después de viajar en hora pico, aplastada como ganado. Maldije en voz baja cuando me di cuenta de que me habían arruinado las sandalias que llevaba puestas. Abrí la puerta de casa y me recibió un aroma tentador. Fui hasta la cocina, que olía a panadería, sonriente.
-¿Vas a tomar mate?-me preguntó mi hermano, sacándose un delantal lleno de harina.
-Obviamente. ¿Qué hiciste?
-Medialunas.
-Ay, cómo te quiero.
Nos sentamos en la mesa. Iba a prender el televisor, pero Lautaro me sacó el control de las manos.
-No me arruines el momento.
-Es la costumbre.
-A esta hora no hay nada que valga la pena.
-Tenés razón.
No le dimos más importancia al asunto.
-¿Qué tal tu día?- me preguntó.
-Nada interesante, para variar... En un rato me tengo que ir de nuevo.
-¿A?
-Se van a juntar a comer los del trabajo.
-Y vas a abandonar a tu pobre hermano...
-Vení.
-No sé...
-Dale, va a estar Jésica.
-¿Y?-trató de hacerse el indiferente, pero no le salió.
-Que seguro que se va a poner contenta de verte... cada tanto pregunta por vos.
-Claaaro- me dijo, arqueando una ceja
-En serio- le sonreí- le caes muy bien.
Él se encogió de hombros y masticó su medialuna, ensimismado.
-Uy-dije, de repente, acordándome de algo.
-¿Qué?
-Me olvidé el papel con la dirección del restaurante.
-Llamá a alguien.
-Sí.
Fui a buscar el teléfono. Marqué el número de Jésica. Esperé, pero no contestaba nadie. Luego recordé que no estaría en su casa.
Entonces llamé a Juan.
-Siempre con la cabeza en otro lado...-se rió
-Sí, qué novedad, ¿viste?
-¿Sabés cómo llegar?
-No, pero me las voy a arreglar de alguna manera.
-Te paso a buscar-sonó más como una afirmación, que como un ofrecimiento.
-No dejá, no te molestes. Me arreglo sola.
-No es ningún problema. Te paso a buscar a las ocho. Hasta luego.
Y antes de poder replicar algo, me cortó.
-Qué tipo...-fue lo único que me salió decir.
-¿Quién?-mi hermano me miró con curiosidad.
-Juan, el del laburo.
-¿Ese que te tenía ganas?
-¡¿Eh?! ¿Quién me tiene ganas?
-Ese de ojitos claros, que se la daba de modelo
No pude evitar reírme.
-Sí, el de ojos claros... Pero no me tiene ganas- negué-No sé de dónde sacaste eso.
-Por lo menos, eso parecía cuando lo vi la última vez.
-Bueno, te pareció mal. Somos amigos, nada más.
-Claro, claro
-Basta
¡Qué absurdo! Nada más lejos de la verdad. Si Juan tuviera intenciones de tener algo conmigo, ya me habría dado cuenta. A veces, mi hermano puede tener mucha imaginación.
-Bueno, ¿y por qué dijiste “qué tipo”?
-Ah, porque me va a pasar a buscar hoy.
-Cuidado... capaz que no te lleve a cenar....
-No seas estúpido-puse los ojos en blanco-Debe pensar que me voy a perder
-No sería la primera vez.
-Hace mucho que no me pierdo...
-No sé.
-¿Me vas a acompañar?
Tardó un par de segundos en contestar.
-Seh, tengo ganas de salir. Estuve acá encerrado todo el día.
-Hubieras salido... tenés la llave, allá está la puerta-le señalé en tono inocente
-Jaja-me respondió lenta y amargamente-¿Con quién voy a salir?
-¿No tenés amigos?-le pregunté arqueando una ceja.
Me dirigió una mirada “simpatiquísima”.
-Me voy a bañar.
-Bueno, no tardes-le advertí-yo también tengo que ir.
-No soy mujer, no tengo por qué tardar una hora en el baño.
-¿Qué tiene que ver que no seas mujer? Yo soy mujer, y tardo quince minutos, como mucho.
-Vos sos especial. Siempre lo fuiste.-y se encerró en su cuarto.
-Apurate...
-Sí, ya te entendí. Qué pesada que sos.-me dijo, a través de la puerta.
Para evitar problemas, llamé a Juan de nuevo, para ver si había lugar para uno más.
-¿Traés a tu hermano?-por lo que se escuchó, no le gustó nada la idea.
-Sí, por eso te pregunto si hay algún problema. Podemos ir en remis, no te preocupes.
-No, no hay problema.-suspiró.-Nos vemos en un rato.
-Chau.
Al cabo de una hora, tanto mi hermano como yo estábamos preparándonos para salir. A las ocho en punto, escuchamos el timbre.
-Qué puntual...-comentó mi hermano.
-Sí, siempre fue así.
-Podrías seguir su ejemplo.
Él conocía mejor que nadie mi incapacidad de llegar a tiempo a ningún lado.
Abrí la puerta y salí, acompañada por Lautaro. Juan estaba apoyado en su 206 rojo. Vestía con estilo informal y sobrio, que le quedaba a la perfección. Se incorporó apenas nos vio. Me saludó con una sonrisa muy cálida. Después de darme un beso, le tendió la mano a Lautaro. No podría haber más frialdad entre esos dos, no sé por qué. La tensión flotaba en el aire.
-¿Nos vamos?
Me abrió la puerta del acompañante. Le eché un vistazo a mi hermano, que tenía una expresión indescifrable. Me sorprendió su actitud, hacía tan solo un instante tan cálida...
El viaje transcurrió prácticamente en silencio, salvo algún que otro intento de conversación por mi parte, que no obtuvo resultados. Me sentía incómoda en presencia de ambos, por primera vez. Agradecí al cielo cuando llegamos. Suspiré en cuanto sentí el aire nocturno que llenaba mis pulmones.
La velada transcurrió, gracias a Dios, sin problemas. La tensión que percibí entre ambos se disipó, apenas localizamos nuestra mesa. Lautaro se sentó junto a Jésica y se pusieron a hablar animadamente. Ellos habían sido compañeros de curso cuando estaban en el secundario, si bien en aquel entonces no se llevaban muy bien, la relación había dado un giro de 180° cuando se reencontraron años más tarde, gracias a mí. Juan se quedó conmigo, volviendo a ser como antes, simpático y conversador. Me preguntó qué planes tenía con el tema de Eric y le dije que no tenía muy claro qué hacer todavía.
-Además falta mucho para eso-le comenté.
-¿Cuando lo ves?
-A fines de junio.
-Ah... tenés tiempo para pensar.
-Sí-bajé la vista.
¿Qué se suponía que íbamos a hacer cuando nos viéramos, después de tanto tiempo? Ese entusiasmo que me había invadido al principio, después de haberlo llamado finalmente, se había evaporado. En su lugar, quedó cierta incertidumbre y cierto miedo. Como que todo había salido demasiado bien.
-¿Por qué te preocupa?-me preguntó Juan, devolviéndome a la realidad.
Lo miré a los ojos largo rato, hasta que me decidí a hablar. Le conté todo, escuchándome como si fuera otra persona la que hablaba. Le conté lo que pensé en su momento de él, de Carla y las actitudes de ambos conmigo y con los demás. También hablé de la vieja relación y lo bien que lo pasábamos. No le oculté nada. Juan era de esas personas que te inspiran confianza y que te hacen sentir cómodo. Me interrumpió un par de veces para hacer alguna que otra pregunta y me escuchó con atención. Cuando terminé, se quedó callado un poco más.
-No sé qué decirte-dijo al cabo de un rato.- Es algo que solamente él y vos pueden arreglar. Pero ya te digo, si ustedes se llevaban tan bien antes de que saliera con esa chica... Ahora que la dejó, capaz que todo vuelve a ser como antes. Además, ya pasó mucho tiempo de eso y supongo que ambos maduraron lo suficiente como restarle importancia a eso que los distanció. No te ofendas con lo que te voy a decir, pero...
Se calló y bajó la vista, eligiendo bien las palabras antes de seguir, supongo. Suspiró y me miró de nuevo.
-Se pelearon por una estupidez. Y sería todavía más estúpido perder la relación por eso.
-Sí... supongo.
Sin querer miré a mi hermano, que tenía la vista clavada en nosotros dos. Parecía una mirada calculadora.
Juan se aclaró la garganta y se levantó.
-Voy a hablar con Anita.
-Bueno.
Le agarré la mano antes de que se fuera. Se dio vuelta, para mirarme.
-Gracias-le sonreí.
-Ah-hizo un gesto con la mano, como restándole importancia.-No es nada. En un rato, vuelvo.
No pasó mucho tiempo, cuando Gabriela, una chica morocha que trabajaba en la otra sucursal del banco, se me acercó.
-Hola, ¿qué tal?- me saludó.
-Todo bien, ¿vos?
-Todo tranqui.-pareció dudar antes de seguir-me dijeron que conocías a Eric Grant...
-El cantante...
No pude reprimir una sonrisa
-Sí...¿es verdad?
-Ajá.
-Éramos amigos en el colegio... hace miles de años.
-Ah, ¿sí?
-¿Por?
-Es que me gusta mucho su música... y nada. Seguro que lo voy a ir a ver.
-Y lo querés conocer personalmente...
La chica se puso colorada y asintió con la cabeza.
-No te prometo nada... en realidad, hace mucho que no lo veo. Años.
-Ah-noté decepción en el tono.- Bueno, no importa.
-Voy a hacer lo posible-le sonreí.
Gabriela cambió de tema enseguida y estuvimos charlando un rato más.
A eso de las dos de la madrugada, Lautaro me dijo que quería irse a casa.
-Bueno, pará que busco a Juan para avisarle.
-No, dejá. Vos quedate, si querés.
-Yo también estoy cansada. Pensá que me levanté temprano.
Busqué a mi amigo con la mirada y lo llamé. Se me acercó enseguida.
-¿Qué pasa?
-Nos vamos...
-Ah, esperame que saludo y los alcanzo.
-No te preocupes, nos vamos en colectivo. Lau debe saber.
-¿Segura?
-Sí, nos vemos el lunes.
Le di un beso en la mejilla y lo seguí a mi hermano a la salida. Me abrió la puerta y me agarró por la cintura. Mientras lo hacía, miró hacia donde estaba Juan, con la advertencia en los ojos.
-¿Podés dejar de hacer eso?-le dije, una vez afuera.
-¿Hacer qué?-me desafió.
-Tratar así a Juan. No te hizo nada.
-Sí que me hizo.
Arqueé una ceja, con el escepticismo pintado en la cara.
-¿Qué te hizo?
-Me quiere sacar a mi hermanita
Quise hacerme la dura, pero me invadieron unas ganas de reírme que no pude controlar.
-¿De dónde sacaste eso?
Me miró y después sacudió la cabeza. Le repetí la pregunta varias veces en el trayecto a casa, pero se negó a responderme.