Hola, mis queridos lectores.
Perdon por la tardanza =P
Les comento que los fines de semana son complicados para mí, cuando de escribir se trata. Para mi, a veces, se vuelve un suplicio el no poder escribir... Pero bueno, asi es la vida. Para compensar, les dejo lo que queda del capitulo, lejos el mas largo(son mas de diez paginas, contra dos o tres de los otros).
Se viene la tan esperada charla de Eric y Debborah. Espero que sea de su agrado =).
Como digo siempre, agradezco comentarios de todo tipo.
Para comentar, hacen click donde dice x comentarios(ahora, por ejemplo dice 0 xD). A partir de ahi, se van a dar cuenta =)
hasta mañana, si
Maeglin
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Esperar a que fuera la hora de salir se me hizo una tortura. No sólo había llamado la atención con Eric, sino también con Juan. Él rara vez llamaba a sus empleados para tener una reunión privada. Además, él siempre se mostraba cálido conmigo. Me imagino lo que habrán pensado los demás, cuando me vieron salir con cara de perro de su oficina... Y por lo visto, Juan no volvió a sonreír por el resto de la jornada, lo cual era todavía más raro.
Jésica se me había acercado, con algo de cautela, para preguntarme qué había pasado.
-No quiero hablar de eso. Perdón-me disculpé.
-Bueno, cualquier cosa, sabés que acá estoy.
-Gracias, Jess. Ah, ¿te conté?-pregunté, inocentemente.
-¿Qué cosa?- se sentó al lado mío.
-Ayer me crucé con Eric en la calle.
-Mirá vos...¿qué pasó?-me preguntó, con visible interés.
-Nada... casi me da un ataque al corazón...
-¿Cómo?-abrió mucho los ojos.
Le conté las circunstancias en las que sucedió el encuentro. Cuando terminé, le fue imposible reprimir la risa.
-¿Hablaron después?
-Sí, un poco. Pasa que era tarde. Fuimos a tomar un café por ahí y después me acompañó a mi casa.
Jésica me miró de forma sugerente.
-Y no entró-seguí, correspondiéndole el gesto.
-¿Cómo que no entró?
-No quería hacer enojar a Lautaro. Ya sabés como es.-puse cara de fastidio.
-Le hace falta una novia a tu hermano. Es muy celoso.-comentó.
-Juan me dijo lo mismo-sonreí.-Vos lo podrías ayudar.
Jésica rió nerviosamente y se sonrojó.
-No, Debbie-sacudió la cabeza- Ahí nos equivocamos.
-¿Por qué no? Se llevarían bien.-ensanché mi sonrisa.
-Porque no... si es así de celoso con vos, que sos la hermana... no quiero imaginar cómo será con la novia.-dijo rápidamente.
-Qué nerviosa que te pusiste, Jess...-me reí un poco.-¿Pasó algo?
-No... no estoy nerviosa-levantó el mentón con aire de superioridad- Seguí con la historia.
-Quedamos en encontrarnos mañana a la noche. Pero, al final, me va a venir a buscar después del trabajo. Es un boludo...
-Ay, ¿por qué?-me preguntó, haciendo una mueca.
-Vino acá para avisarme del cambio de planes. Por eso, se armó semejante bolonqui hace un rato.
-Y por eso Juan parece tan enojado ahora...
Asentí con la cabeza.
-Me parece que ese es más celoso que tu hermano...-comentó, con una risita maliciosa.
-¿Decís?-hice una mueca de desconcierto.
-Sí, hay que ser ciego para no darse cuenta.
-No creo... me habría dado cuenta.
-No sos la persona más perceptiva sobre la tierra, precisamente, Debbie.-me hizo ver, cariñosamente.
Me sentía confundida, pero los nervios por el inminente encuentro con Eric disiparon todo lo demás.
La hora de salir vino más rápido de lo que pensaba. Junté rápido mis cosas y me fui. No quería que Eric viniera a buscarme a la puerta. Lo llamé para avisarle que lo esperaría en una plaza cercana. Me senté en un banco orientado hacia la calle. Temblaba un poco, no sé si por el frío o por los nervios. Un BMW negro se detuvo a la altura donde yo estaba. Eric se bajó de la parte de atrás. Caminó hasta donde estaba yo y me agarró las manos. Me miraba de una forma tan tierna que me conmovió.
-¿Vamos?-me dijo, con una media sonrisa.
Asentí en silencio y nos subimos al auto.
-Volvemos al hotel-le indicó al chofer, un hombre de mediana edad, tan ancho como dos Erics.
-Pensé que me ibas a llevar a comer a algún lado...-manifesté, con algo de desilusión.
-Y te voy a llevar-sonrió y me miró con un brillo especial en los ojos-Pero, como te dije antes, quiero que conozcas a alguien primero.
-¿A quién?-quise saber.
-Ya vas a ver.-dijo en tono misterioso.
Me acomodé en el asiento y me crucé de brazos. Traté de disimular los nervios que sentía. Hundida en mis cavilaciones, perdí la noción. Antes de darme cuenta, estábamos en la puerta del hotel.
-Ah, no te andás con chiquitas...-comenté, boquiabierta, frente al enorme y lujoso edificio.
Obtuve su risa como única respuesta. Apoyando una mano en mi espalda, me condujo al interior. Fuimos a la recepción, él pidió su llave y un empleado nos condujo al ascensor.
-No hace falta, ya me aprendí el camino.-dijo Eric, a lo que el hombre murmuró una disculpa y se fue.
La atmósfera se cargó con una tensión horrible. Me sentía claustrofóbica. Sólo estábamos los dos en el ascensor. Examiné a Eric detenidamente con la mirada. No lo recordaba tan grande. Creo que, de repente, se había hecho adicto al gimnasio... En el pasado, era el típico adolescente alto y flaco, con un apetito voraz que no afectaba a su figura. Se me hacía raro verlo con semejante musculatura. Su cara, si bien se había refinado por la madurez, no había cambiado demasiado. Sus ojos reflejaban una luz que hacía muchísimo que no veía en él (desde mucho antes de que empezaran los problemas entre nosotros). Ese color exótico que tenían seguían siendo fascinantes, debía admitirlo. Recuerdo que cuando recién lo había conocido, eran el motivo por el cual me olvidaba de la mitad de las cosas que le quería decir. Me resultaban hipnóticos. Gracias a Dios, esa sensación se había esfumado hacía tiempo ya. Pero seguía pensando que eran su rasgo más atrayente. El cambio drástico había sido su pelo. Antes le caía desordenado en ondas apenas definidas hasta los hombros; ahora, se había rapado.
Mis comparaciones entre “los antes y después” se vieron interrumpidas drásticamente.
-Debbie...-dijo Eric, de repente.
-¿Qué?-pregunté, con un leve sobresalto. Antes de que hablara, reinaba un silencio denso.
-Relajate- me pidió, sonriendo a medias, como sólo hacer en los viejos tiempos.
-Estoy bien-me defendí, frunciendo el ceño.
-Claro, claro...-Su sonrisa se ensanchó.
Vi que se agitaba con una risa silenciosa. Me crucé de brazos, decidida a que eso no me afectara.
Las puertas finalmente se abrieron. Entramos en la tercera puerta a la derecha del pasillo de alfombra color azul marino.
Pasamos a un pequeño recibidor, con un perchero a la izquierda y un espejo a la derecha. Eric me sacó la cartera con suavidad y la colgó. Siguió con mi tapado. Yo lo ayudé lo mínimo, como si fuera una nena chiquita.
Nos dirigimos a una especie de living moderno, donde predominaba el blanco. Parecía de esos que veían en las revistas, y que son tan perfectos, que uno se termina convenciendo de que jamás pondrá el pie en un lugar así. En el sillón de tres cuerpos que estaba frente a una pantalla gigante de LCD, estaba sentada una chica de mi edad, aproximadamente. Dejaba reposar uno de sus brazos sobre el borde del respaldo del mueble. Se incorporó en cuanto nos escuchó entrar.
-Eric, por fin...-exclamó.
Era una mujer pelirroja, un poco más alta que yo, con unos impresionantes ojos verdes. Tenía una figura algo rellena, pero extremadamente femenina. Vestía jeans oscuros que se ajustaban a sus piernas, botas de caña alta de un color claro y una campera gris perla liviana encima de una polera de modal violeta.
-Lorena, te presento a Debborah Le Noir-dijo.
Lorena se me acercó y me dio un beso en la mejilla. Usaba un perfume de aroma exquisito. Estaba maquillada de una forma que resaltaba sus ojos y los hacía parecer felinos. La envolvía un aire de seducción natural que me incomodó un poco.
-Un gusto, Debbie-me sonrió, mostrando una hilera de perfectos dientes blancos.-Eric me habló mucho de vos.
-Ah, ¿sí?-miré con gesto interrogante a mi amigo.
-Sí...-siguió ella- sobretodo cuando volvimos al país. La verdad es que estaba ansiosa por conocerte.
Yo no sabía qué decir ni qué hacer. Así que Eric me tenía presente...
-Ella es la que compone parte de la música que hago...
-Y la que le diseña todo lo que tenga que ver con lo gráfico, por supuesto. Lo de la música es secundario...-añadió, modesta
Una diseñadora... debí suponerlo. Lorena tenía un estilo que denotaba su condición de artista. Se notaba que tenía bien claras las reglas de la estética.
-Menos que secundario-corrigió una voz masculina detrás nuestro- De la música me encargo yo, señorita.
Orgulloso... eso fue lo primero que pensé cuando me di vuelta para ver al dueño de esa voz grave.
-Ariel Terranova-se presentó, tendiéndome la mano.
Lo miré a los ojos y le sonreí amablemente. Tenía el pelo castaño oscuro, largo y enrulado atado en una colita; y ojos del mismo color, casi negros. Tenía rasgos parecidos a los de los judíos. Mediría un metro setenta y pico, de complexión ni muy delgada ni muy corpulenta. Irradiaba una seriedad absoluta.
-Siempre tan frío-se quejó Lorena- Dale un beso, como corresponde.
-No todos saludamos a las personas como si fueran amigas de toda la vida, cuando apenas las conocemos.-le dirigió una mirada fría, noté cierto acento, que no logré identificar.
-No empiecen-advirtió Eric, con un tono de autoridad que no resultaba para nada agresivo, pero que incitaba a obedecerlo.
Yo me sentí incómoda por la pelea que se desarrollaba en silencio entre los dos, acribillándose con los ojos. Eric se aclaró la garganta.
-No asusten a la chica, por favor...-pidió- Va a pensar que son un par de locos.
-No-me apuré a decir- Nada que ver...
Eric fue hasta un minibar que había en una esquina de la habitación.
-¿Querés algo?-me preguntó.
-No, gracias-dije, algo indecisa.
-Pasame una Pronto-pidió Lorena.
Ariel chasqueó la lengua.
-Pasame una a mí también.-y lo vi sonreír un poco.
Eric sacó tres botellitas de color azul Francia y las depositó en la mesa ratona, frente al televisor. Después, sacó de su bolsillo un llavero, que tenía un destapador con forma de guitarra eléctrica color verde metalizado. Abrió las tres. Antes de llevarse la suya a la boca, me la alcanzó.
-¿Segura que no querés?
-Estoy bien. Gracias, igual.-repetí.
-No seas tan tímida, Debbie-dijo Lorena, con tono alegre.-Estás entre gente amiga.
De ella no tenía dudas, pero una fugaz mirada hacia el taciturno hombre que estaba a su lado me hizo dudar un poco de eso.
El ambiente se había distendido visiblemente. Eric, Lorena y yo nos habíamos sentado en el sillón; y Ariel, en otro sillón, de un solo cuerpo, que había a un costado. Hablamos de cosas triviales. Me hicieron muchas preguntas, típicas de personas que se ven por primera vez. Me cayeron muy bien. Lorena era una chica muy alegre, simpática y conversadora, con la que era imposible sentir incomodidad. No paraba de hacer comentarios ocurrentes con los que moríamos de risa. Ariel era todo lo contrario, mucho más callado y serio, pero igualmente simpático al cabo de un rato. Era blanco de unos cuantos comentarios de la chica y se “peleaban” frecuentemente. Peleas que duraban segundos, nada serio, solo un intercambio de comentarios mordaces de vez en cuando. Por lo que se veía, Lore disfrutaba mucho haciendo enojar a Ariel. Y yo me divertía de lo lindo, también, aunque no lo expresaba tan abiertamente.
-Toco el teclado...-respondí modestamente, cuando tocamos el tema de la música.
-¿Ah, sí? ¿Qué estilo?-Ariel se mostró particularmente interesado.
-Lo que venga- dije con una sonrisa.-No sé... depende de mi estado de ánimo.
Ariel y Eric intercambiaron una mirada cómplice.
-Igual... me limito a tocar cosas hechas... no sé improvisar-aclaré con un leve rubor.
-¿Cómo que no?-exclamó Lore- Es más fácil... ¿nunca hiciste boludeces con el teclado?
-Sí-me reí- Pero no era nada demasiado bueno... No sé componer.
-Tiene talento, aunque no quiera decirlo.-apuntó Eric.
-Ven-me invitó Ariel, con una sonrisa- Veremos qué tal lo haces.
Fuimos los cuatro a una de la habitaciones. Había una cama de dos plazas, una cómoda con un espejo y, en una esquina, una mesita improvisada con un teclado enorme encima y otra, con una notebook. A los pies, había un par de amplificadores. Apoyada en la pared, una guitarra eléctrica roja y negra.
-Se trajeron el estudio con ustedes...-comenté, asombrada de ver eso en un hotel.
-Nunca se sabe cuando puede venir una idea a la cabeza-me explicó Eric.
-¿No les dicen nada por el ruido?-pregunté.
-No... estamos bastante aislados.-dijo Lorena.
-Y los de las habitaciones de los lados son de nuestro equipo-agregó Ariel.
-Ah, bien.... coparon el piso.
-En realidad,-corrigió Lore- este piso y medio debajo de nosotros.
-Ahá...-suspiré.
No quería ni pensar en lo que costaría tener a tanta gente ahí adentro.
Ariel enchufó el teclado y me hizo señas para que me acercara. De repente, me temblaba todo. No me gustaba exhibirme. Sobretodo, sabiendo que no era muy buena.
-No sé qué tocar.
-Tocá tu canción-me pidió Eric, con un guiño-¿Te acordás la melodía?
Le sonreí con aire de suficiencia. Como para no acordarme... No sabía quién le había puesto la música, pero me pareció perfecta para la letra. La escuché mil veces hasta que me la aprendí. Miré con un poco de indecisión el instrumento que tenía frente a mí. Respiré hondo y empecé. Al instante, me olvidé de los demás. Mi mundo se redujo a mí y el teclado. Entonces, escuché una guitarra. Era Eric, que no miraba el instrumento, sino a mí. Entonces, fue cuando él pasó a formar parte de mi pequeño universo. Empezó la parte cantada, él con la primera voz y yo, con la segunda, que no existía hasta ese momento, en que yo la estaba improvisando.
”... Qué noche... Qué noche...
qué noche tan larga...”
-terminamos.
El eco de dos pares de manos aplaudiendo me despertó del ensueño. Sonreí y he hice una modesta reverencia en señal de agradecimiento. Eric me palmeó la espalda.
-Muy bien, che- sus ojos reflejaban orgullo y algo, que no llegué a descifrar.
-Gracias- le dije.
-Así que eras vos la que escribió esa...-dijo Lorena.- Tenés talento, Debbie.
-Tocás bien, tiene sentimiento.-agregó Ariel.
Ambas sonrisas me infundieron una sensación muy agradable, que hacía mucho que no sentía.
-¿Escribiste otras cosas?-quiso saber Lorena.
-Sí, pero nada impresionante-bajé la vista- escribí pocas... no es mi fuerte precisamente.
-¿Qué piensas de la melodía que compuse para tu letra?-preguntó Ariel, con el tinte de orgullo que caracterizaba su voz.
-Perfecta. No podría ser mejor-le concedí.
No era un halago vacío. Realmente lo pensaba.
-Podríamos agregarle ese arreglo que hizo-le sugirió Ariel a Eric.
-Sí, sonaba bien-aceptó.
-¿Qué arreglo?-quise saber.
-Los coros que hiciste...-me aclaró Eric.
-¿Y quién los cantaría?-pregunté, con la voz algo ahogada.
-No sé todavía. ¿Se animará Laura?-dijo mirando a Ariel.
-Tiene un registro distinto, pero podría ser-meditó el aludido.
-Lo hablamos después...-dijo Eric, consultando el reloj.-Nos vamos, Debbie.
-¿A dónde?-pregunté, desconcertada- Pensé que nos quedaríamos acá.
-La comida de acá no me gusta.-chasqueó la lengua- Te voy a llevar a otro lado.
-Bueno...
Lo seguí hasta la puerta. Agarré mis cosas y fui a saludar a los otros.
-Nos vemos, linda- me saludó Lorena, con un beso en la mejilla.
-Adiós, Debborah-me despidió Ariel a la distancia.
-Portate bien, Eric-le pidió Lorena, lo que me hizo juntar las cejas por un instante.
-Sí, mamá...-dijo en tono irónico, dirigiéndole una mueca burlona.
-Ése es mi nene-y le tiró un beso.
Decidí no hacer preguntas al respecto.
Cuando llegamos a la puerta del hotel y la abrimos, nos recibió una afectuosa ráfaga de viento helado que me despeinó un poco. Me rodeé con mis brazos para sentir un poco de calor.
-Está fresco, che.- comentó Eric, rodeándome con un brazo.
Sentirlo tan cerca se sentía bien.
Llamó al chofer que ya nos estaba esperando en el auto. Me abrió la puerta y subió conmigo. El auto arrancó, sin que Eric dijera nada. En realidad, ninguno dijo nada hasta que llegamos, diez minutos después. El restaurante estaba especializado en pastas y comida italiana. La calidez y el aroma reinante hicieron que el lugar me cayera bien al instante. Nos sentamos en una mesa casi al fondo.
-Espero que no molesten hoy-suspiró.
-¿Quiénes?-pregunté.
-Los paparazzis estúpidos que brotan de la tierra. No sé de dónde salen, pero siempre aparece alguno que te saca una foto y arma escándalos por nada. Buitres, éso es lo que son-contestó enojado.
La cara le había cambiado bastante. Se lo veía molesto.
-Ay, Eric-me quejé- no hay nadie con una cámara cerca... Quedate tranquilo y cambiá esa cara.
Mi pedido obtuvo como respuesta la relajación de los músculos de su rostro.
-Mejor- le dije.
-No los aguanto.
-Yo tampoco, pero la gente los ama. Hasta que no se canse la gente, cosa que dudo, no van a dejar de existir.
-Ya sé
-Son como moscas. Pongas buena o mala cara, están igual. Así que, mejor sonreír y olvidarse de su existencia. Entonces, todos felices.
-Supongo.
Nos trajeron la carta. Revisé la lista, obviando números que seguro me harían desmayar. Estuvimos en silencio un rato. Eric llamó al mozo en cuanto decidimos y pedimos. Cuando se fue, me quedé con la vista fija en los ojos de Eric.
-Me parece que va siendo hora de que hablemos de cierta cosas.-le dije.
Él tomó aire y me miró a su vez.
-Sí...-se lo veía repentinamente arrepentido
-¿Qué te hizo cambiar de opinión sobre mí?
Espero un momento para hablar.
-Te extrañaba-dijo simplemente- La pasaba muy bien con vos. Creo que sos la única persona en la que realmente pude confiar alguna vez. Sé que no estuve bien...
Guardé silencio, instándolo a que continuara.
-No quiero poner excusas, pero Carla cambió mi forma de pensar... Me dejé llevar por lo que ella decía, no sé. Me absorbió de una forma que me hizo olvidarme del resto de ustedes. La quería mucho, ¿sabés? Y no quería que ella no me quisiera. Entonces, decidí hacer lo que pensaba que a ella le gustaría. Carla te tenía muchísima bronca. Creo que eras a la que más odiaba. Estaba celosa de la amistad que teníamos. Decía que le metía los cuernos con vos y otras cosas que no te pienso repetir....
-Supongo que le explicaste que nada que ver...
-Sí, pero no había forma. Me pidió que elija.
-Y la elegiste a ella-dolía, aunque me esperaba algo así.
-Sí... fui un imbécil.
-Tal cual- le dije crudamente.
-En fin... por eso me empecé a pelear con todos...
-No se te ocurrió pensar que el problema eran ustedes dos y no nosotros. Ni siquiera intentaste hablarlo con ninguno del grupo. Ni siquiera conmigo, que era como tu hermana...-le recriminé.
-No... fui bastante estúpido en ese sentido. Pero me volvió. Ella se terminó volviendo en mi contra también. No le gustaba verme y tener la sensación de que se miraba en el espejo. Empezó a tratarme muy mal. Carla quería hacerme ver que yo era un basura de la peor. Nos peleábamos casi siempre. Fue una mierda esa época, la verdad.
-Me imagino. Te diste cuenta de que estabas solo.
-Sí... bastante. Los había perdido a todos ustedes. Fui consciente de que había sido mi culpa, pero daba todo por perdido. Estaba seguro de que me iban a mandar al carajo en cuanto me vieran la cara.
-Seguramente...
Esa era la reacción que tenía que esperar de mi hermano. Y eso que no habían sido amigos.
-Decidí empezar de nuevo. Cuando empecé la facu, hice amigos nuevos, todo de cero. Ahí conocí a los de la banda. Laura es la que estuvo más conmigo. Hasta salimos unos meses.
Laura de nuevo... me estaba empezando a preguntar quién era.
-Ella fue como mi psicóloga-siguió- Le conté todo este problema un día que me sentía bastante deprimido.
-¿Y qué te dijo?
-Que me olvidara de ustedes. Que eran parte del pasado. Que si no me habían perdonado, es porque yo no les importaba.
-Una estúpida.
-Lo mismo pensé, aunque no se lo dije así. Me dijo que yo no tenía la culpa, sino Carla. En su momento, como necesitaba agarrarme de algo, adopté lo que había dicho.
-Pero la culpa no es toda de Carla.
-Sí, de eso me di cuenta mucho después. Unos meses después de cortar con ella, hablé de nuevo de mis problemas, pero con Lore. Ella me hizo entrar en razón. Me lo dijo de una forma bastante fea, pero tenía razón.
Me imaginé a Lorena gritándole unas cuantas verdades intercaladas con un par de palabrotas y no pude evitar sonreír.
-Así que le di vueltas al asunto bastante tiempo.
-¿De eso cuánto tiempo?
-Bastante...
-¿Y por qué no hablamos entonces?
-Porque no tenía forma de comunicarme con vos...-se excusó.
-Nunca cambié mi teléfono.
-Y a mí me robaron el celular. Recuperé el número pero no la agenda.
Decidí creerle y darle una oportunidad.
-Perdón, Debborah. En serio, no sabés hace cuánto que esto me está remordiendo la conciencia...
-Me imagino. No te preocupes. Está todo bien.-lo tranquilicé-Más vale tarde que nunca.
Nos trajeron la comida y la tensión se fue un poco. Comimos en silencio durante un rato. Le daba vueltas al asunto. Tenía algunos pozos, pero decidí dejarlos pasar. En realidad, para mí era un alivio que me pidiera perdón y volviera a estar cerca mío. No había sido tan consciente de cuánto lo extrañaba como en ese momento. Podría haberme contactado de mil maneras en todos esos años. No lo había hecho, sino que terminé haciéndolo yo. Estaba bien... lo tenía de vuelta, casi tan bien como antes y eso era lo único que me importaba.
-¿Cómo dieron el gran salto?-le pregunté, mientras esperábamos el postre.
-Resulta que Ariel tenía un amigo que trabajaba en una discográfica. Un tipo bastante influyente. Un día lo fuimos a ver, nos escuchó y le gustó. Y acá estamos-sonrió.
-No entiendo por qué saliste como solista...
-Ellos lo decidieron así. Yo quería que sacáramos el disco como una banda, pero éramos tres contra uno.
-Tres...¿Quién falta?
-Quiénes... en realidad. Gabriel, el batero, y Laura, que hace los coros y cada tanto toca algún instrumento, como el violín o la flauta traversa.
Otra vez, Laurita... Maestra de la música, seguramente.
-¿Ella es la que hace la intro del primer tema del cd?
-Sí...
Era buena, había que admitirlo.
-¿Lore no toca con ustedes?
Por las cosas que habíamos estado hablando en el hotel, también tenía cierta vocación por la música.
-No... le gusta más eso de encargarse de la imagen del grupo. Mirá que le insistimos para que tocara, pero no hubo caso-contestó.
Se lo veía como aliviado. Nos hizo bien haber hablado de otra cosa más alegre que el pasado compartido.
-¿Y vos, Debbie? ¿Qué fue de tu vida?
-No hay mucho... lo que te conté el otro día... estoy terminando la carrera. Lo que me recuerda que me estoy dejando estar...-dije con un dejo de culpa.-El lugar donde estoy fue mi primer trabajo...
-Te gustó, parece.
-Sí, trabajo en un clima relindo de trabajo. Es gente copada. Sobretodo Juan y Jésica, que me bancaron en algunas... Los conocés.
-¿Ah, sí?
-Juan es mi gerente.
Eric torció el gesto.
-Sí...
-Y Jésica era del grupo de mi hermano. La única rubia, ¿te acordás?
-No, pero si la veo capaz que sí.
-Ya te la voy a presentar como corresponde-sonreí- La voy a llevar al recital. ¿La puedo llevar conmigo después?
-Sí... la idea era que trajeras a las dos personas que te acompañaran. No las ibas a dejar ahí...
A pesar de sus palabras, me pareció que mucho no le gustó la idea, pero no hice comentarios.
-¿Estás de novia?-cambió de tema.
-No... corté hace unos meses.
-¿Por?
-Era insoportable. Me di cuenta de que amaba más a su espejo que a mí.
Me reí recordando a mi ex.
-Cuando caminábamos por la calle,-le conté-se miraba en cada espejo y ventana que veía. Capaz que estábamos hablando de algo importante y me dejaba de dar bola porque se tenía que acomodar el pelo.
-¿Cuánto aguantaste?
-Y como un año... Pasa que tenía sus cosas buenas. Lo más “gracioso” es que me dejó él. Al tiempo lo vi saliendo con su manicura.
-Manicura...-repitió antes de reírse.-¿Qué diría si viera mis manos?
-Que sos un salvaje... capaz que hasta te da el teléfono de Florencia.
-¿La novia?
-Sí.
Seguimos hablando de la vida bastante tiempo. Nos quedamos en ese lugar hasta la una, más o menos. Eric pagó la cuenta y nos fuimos.
-¿Te divertiste?-me preguntó cuando nos bajamos en mi casa.
-Sí-le sonreí-Extrañaba al viejo Eric.
-Que se repita-me dijo, dándome un abrazo
-Nos vemos en el recital-le dije-Voy a estar bastante ocupada hasta ese día.
-Te llamo igual. Yo tampoco voy a poder hacer mucho fuera del laburo.
-Chau- lo saludé, dándole un beso en la mejilla.
Abrí la puerta del edificio y nos separamos.