11/3/09

20 de Julio: Oportunidad

Irónico... Era el día del amigo. Lo relacioné con lo que haría ese día y sonreí.

Me levanté de buen humor. Le di los buenos días a mi hermano y al rato me fui a trabajar.


-Feliz día, Debbie-me deseó Jésica.

Me dio una bolsita de una tienda de música, con un paquete que tenía la forma y el tamaño de un DVD. La miré un segundo a ella antes de abrirlo. Sonreí más todavía cuando vi lo que era: el último de Within Temptation.

-No sabía que se conseguían acá. Gracias-le di un sonoro beso en la mejilla.-No sabés lo que lo busqué.

-Me alegra que te guste.-me devolvió la sonrisa.

-Tomá, yo te traje esto.-le tendí un paquete rectangular.

Era un libro de Coelho, a quien ella adoraba.

-¿Lo tenías?

-Nop. Salió hace poquito.

Hablamos de trivialidades y nuestros planes para el fin de semana.

-Vayamos a capital.-sugirió.-Le decimos a Anita y a Julieta. ¿Te parece?

-Sí.

-Si querés decile a alguien más...

Me quedé en silenco un ratito.

-Le puedo decir a Eric y a los de la banda. Quiero aprovechar, antes de que se vayan de nuevo.

-Anita se va a desmayar cuando lo vea-se rió-no le digamos.

Me miró con aire cómplice. Asentí, imitando el gesto.


Unas horas después, una mano grande se posó en mi hombro.

-Revisá estos informes, Le Noir-me dijo, antes de que me enfrentara a esos ojos verdes que tan bien conocía.

Me tendió el pilón de papeles. Esbozó una sonrisa que nada tenía que ver con lo que acababa de darme. Se lo veía confiado. Para pincharle un poco el globo, levanté una ceja. Los agarré y desvié la vista al monitor de mi computadora, como si no hubiera nadie al lado mío. Se lo tomó tan bien, que se sentó al lado mío.

-¿Los gerentes no laburan,no?-le pregunté, sin despegar la vista de la pantalla.

-Sí que laburan. Y se toman cinco minutos para descansar un par de veces por día igual que ciertos empleados...-respondió.

Sonreí.

-El aire de afuera le hace bien a las personas.-hice un gesto hacia la puerta.

-Si querés que me vaya decilo-siguió con el mismo tono ligero, en absoluto ofendido.

-No dije que te fueras, sólo velo por tu salud.-aclaré en tono inocente.

Se rió. Me di vuelta para mirarlo, mi boca solo llegó a la mitad de una sonrisa.

-En serio, te aclara las ideas y te inspira para que hagas algo útil.-le dije en tono sugerente.

Amagó a irse, pero le agarré la muñeca con suavidad.

-Te estaba jodiendo. Quedate, se te extrañaba.-le sonreí.


Lo habré tenido al lado mío unos veinte minutos. Después desapareció hasta que llegó la hora de salida.


-Anita-la saludé

-¿Cómo estás, Debbie?

Se la veía con cierta luz que me llevó a deducir que su madre había abandonado su casa.

-Todo bien. ¿Miriam ya volvió?

-Sí, gracias a Dios.

-Buenísimo. Escuchame-sonreí- El sábado salimos, ¿venís?

-¿A dónde van?

-Jésica quería ir a Capital , pero no sé exactamente.-le dije.

-Bueno, dale. ¿Va alguien más?

-Jess le iba a decir a Julieta. Si querés decirle a alguien más, invitalo.

-¿Juan no viene?-me preguntó, frunciendo levemente el ceño.

-No-dije, restándole importancia.

-¿Por? Siempre va con ustedes.

-Seguro que tiene algo mejor que hacer.-me encogí de hombros.

-¿Le preguntaste?

-No

-Bueno, lo hago yo-sonrió.


Aclaro... Entre los que trabajábamos en esa sucursal de la empresa, existía mucha camaradería, éramos pocos, relativamente: unos veinte. Parecíamos un gran grupo de amigos, más que compañeros de trabajo. Esto tenía sus pro y sus contra... Podría decirse que había muy poco de la vida personal de cada uno que escapaba al conocimiento público. Y Anita era la única del personal que no se había dado cuenta de la distancia entre mi jefe y yo. Ella no solía percatarse de esas cosas, era bastante distraída. Sonreí para adentro.


Junté mis cosas distraídamente y me dirigí a la salida. Busqué el 206 de Juan. Estaba casi en la esquina opuesta a la del edificio, en la vereda de enfrente. Fui caminando hasta ahí. Él todavía no había llegado. Me encogí de hombros y me senté en el alféizar de una vidriera que estaba cerca. Sentí el vibrador del celular, que estaba adentro de mi cartera.

“A q hora? Voy con Laura nada más”

Eric... le había mandado un mensaje para preguntarle por el sábado. Le contesté. Estuve a punto de escribir lo que pensaba de Laura, pero logré reprimirlo. Esperaba que no nos arruinara la noche con su conducta extrañamente recelosa.

Estaba por apretar el botón para enviar, cuando algo me hizo sombra en el aparato. Levanté la vista y sonreí.

-¿Qué pasó?- le pregunté.

-Mi viejo quería hablar conmigo. Quiere comprar una empresa de Rosario.-hizo un gesto, restándole importancia.- Quería saber qué opinaba.

-¿Y?

Subimos al auto. No me contestó hasta que hizo un par de cuadras.

-Me pareció bien. La empresa está muy bien ahora y sería algo muy conveniente.

-Ah.

-No te quiero aburrir.-sonrió.

-Van a mandar a alguien para allá, supongo.

-Sí, alguno de nosotros tiene que ir. Por lo menos, al principio.

-¿Tienen a alguien en mente?

Frunció el ceño y se quedó callado un para de segundos. Sus pensamientos debieron dar un giro, porque recompuso su expresión despreocupada antes de contestarme.

-Hay un par de candidatos. Hay uno de La Plata que es de confianza.

Me nombró a algunos más. Bajo su fachada tranquila se escondía algo, me di cuenta enseguida. Lo conocía demasiado bien como para no advertirlo. Creí prudente, sin embargo, dejarlo pasar por el momento.

-Ya veremos-dijo.-¿Cómo está Eric?

Me tomó por sorpresa. ¿Desde cuando le importaba Eric?

-Bien, que sé yo. Descansando. Me dijo que se iban de gira la semana que viene.

-¿A dónde?

Le expliqué vagamente lo que me había contado Eric en algún momento. No sé cómo hacía ese chico con Laura, con lo celosa que era, no me quiero ni imaginar lo que pensaría acerca del hecho de que él me llamaba todos los días.

De ese tema saltamos a otro y, antes de que me diera cuenta, ya estábamos en mi casa. Mi mente se quedó en blanco. Como no tenía ganas de salir a comer afuera ni nada, para no distraerme, le dije que hablaríamos en mi casa. Creía que era una buena idea.

Mientras revisaba mi bolso en busca de las llaves, me di cuenta de que no lo era. Pero bueno, ya estábamos ahí.

La casa estaba a oscuras, lo cual me llamó la atención. O sea había acostado y había dormido más de la cuenta, o no estaba. Maldije para adentro. Una nota pegada a la heladera me lo confirmó.

Había decidido pasar el día del amigo con amigos. Al final de las pocas palabras, garabateó un “suerte” y casi se me escapó un juramento. Parecía que no quería ser una molestia. Como si yo tuviera segundas intenciones con mi acompañante. Me ofendí momentáneamente. Después de cómo había sido todos estos años, que mi hermano me creyera capaz de hacer otras cosas aparte de hablar con alguien que no era mi pareja era molesto. ¿Esperaba que así de una... tan pronto...? Ahogué otro comentario.

La mano de Juan se apoyó en mi hombro y casi pegué un salto.

-¿Qué te pasa?-preguntó, mirando mi mano.

Recién ahí me percaté de que estaba estrujando la bendita nota.

-Nada.-le sonreí.-Me acordé de algo. No importa.


Seguimos hablando como si nada. Yo no toqué el tema y él tampoco...

Hasta que la conversación flaqueó. Todos los nervios que se habían ausentado desde que habláramos por teléfono aparecieron de golpe cuando se me acercó.

Me miró a los ojos con expectación. Las palabras no salían. Era imposible. No las creía necesarias tampoco. Y al parecer él era de la misma opinión.

Me agarró la barbilla suavemente para levantarme la cara. El contacto visual no se rompió en ningún momento. Me rozó levemente los labios con los suyos, tanteando el terreno. Al ver que yo no ponía objeciones, me besó con más convicción. Llevé mis manos a su nuca para acercarlo más. Nos quedamos un rato largo así, disfrutando el momento.

Estuvo bien... pero no fue de esos que te hacen perder la cabeza en absoluto. Faltaba algo...

Me convencí a mí misma de que ese “algo” llegaría con el tiempo.


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bueeeeno... no se

espero q les guste =)



Maeglin

8/3/09

19 de Julio: Recordando

No volví a hablar con Juan desde aquel llamado. Se me hacía tan raro, acostumbrada como estaba a hablar con él todos los días. Raro, pero necesario. La distancia no venía mal, al contrario, me ayudaba a reflexionar. Jésica tampoco volvió a tocar el tema. Supongo que entendía que lo mejor era guardarse las opiniones. Evitaba la confusión.
Ése era uno de mis grandes problemas. Cuando pensaba demasiado en algo, me enredaba cada vez más y, en vez de decidirme con algo, mi indecisión crecía. ¿Y todo para qué? para llegar a la misma conclusión que había llegado en un principio, que, por alguna razón, no me convencía en ese primer momento.
Con el que sí hablé, fue mi hermano. Lo creía necesario, no para pedir permiso, sino para ponerlo sobreaviso. Con lo protector que era conmigo, era obvio que Juan no le caía bien. Una sorpresa de ese tipo me habría valido su silencio... Algo que me resulta insoportable.
Lautaro no había sido siempre así. Al contrario, cuando era adolescente, me alentaba mucho si estaba interesada en alguien. A veces, incluso se daba cuenta antes de que yo aceptara ese interés. Inclusive, me ayudó una vez a lograr mi objetivo.
Y entonces, llegó Eric.
Yo estaba en segundo año del polimodal cuando lo conocí. Al principio, lo rodeaba una especie de aura misteriosa. Era callado y su círculo de amistades se reducía a dos chicos de dudosa reputación, que se habían transferido con él. Cuando esos dos fueron expulsados, él se quedó solo.
Fue una sorpresa para más de uno el cambio que se obró en él. Como si hubiera salido de un pozo. Creo que la compañía a la que estaba acostumbrado, lo inhibía un poco. Quizás había estado con esos chicos por costumbre y eso le bastaba.
La cuestión fue que se acercó a mi grupo, de unas seis o siete personas, interactuando con nosotros como si nos conociera de toda la vida.
Resultó ser un chico inteligente, con un sentido del humor peculiar que lo volvía alguien interesante. Ya por aquel entonces, dejaba traslucir su pasión por la música. Siempre pensé que los artistas tiene un no sé qué que me llama mucho la atención. Son gente con una personalidad especial, generalmente tienen una mente más abierta que el resto. No digo que no critiquen, pero lo hacen de una forma diferente. Creo que se esfuerzan más por entender a los demás. Y son apasionados... Es inspirador ser testigo de esa pasión que profesan por aquello que les gusta.
Y mirándolo ahora, que esa época ya pasó, era obvio lo que sucedió: me enamoré.
Lo oculté lo mejor que pude, lo cual costaba bastante de a ratos, porque había llegado a ser su mejor amiga. Dolía verlo con otras chicas, pero había parendido a resignarme. A todas luces, él no se fijaría jamás en mí.
Pero el amor, cuando no se lo deja salir, te carcome por dentro. Cuando ya no lo soporté más, se lo dije.
Se me quedó de piedra. Después de unos minutos de silencio, que se me hicieron interminables, me abrazó. Antes de soltarme, me dijo que yo era como una hermana para él y que no podría verme como otra cosa. Cuidó mucho sus palabras, intentando minimizar el daño lo más posible. Igual dolió, pero lo superé.
La relación había seguido como si nada.
Meses más tarde, apareció Carla, una chica que siempre había mirado a nuestro grupo como si de escoria se tratase. Una chica con plata, que siempre había vivido en su mundo color de rosa, donde la máxima preocupación era lo que se pondría para salir. Una chica con éxito cada vez que salía, lo cual se traducía en la cantidad de conquistas por noche. La chica fácil y aparentemente hueca... Quizás buscaba estabilidad, o quería ofrecerle a los demás una imagen opuesta a la habitual para limpiarse un poco la reputación.

Se fijó en Eric y se dispuso a buscarlo. Así de la nada. Y él cayó como el mejor. La adoraba. O, mejor dicho, adoraba a la Carla que se mostraba ante él. La verdadera, la que todos conocimos muy bien, distaba de ser la chica tonta y frívola que parecía al principio.

Ella se quitó la careta cuando se cansó de Eric, cuando él ya estaba solo. O eso supongo.

Carla era una víbora, una perra de las peores. Si a las personas realmente le salieran cuernos cuando sus parejas les son infieles, a Eric se le habría quebrado el cuello por el peso de los propios. La vi con mis propios ojos y Eric se enteró por mi boca. Ella lo desmintió y el señor no le iba a creer a su mejor amiga (que conocía desde hacía un par de años y que nunca le había hecho nada), sino a su querida noviecita. Dolió todo lo que me dijo. Ahí empezaron los problemas.

Eric era extremista: un amor con aquellos a los que quería y un demonio con aquellos a los que odiaba. Su rencor era lo peor que me podía pasar.

Su desprecio me llevó a una depresión muy grande. Sus observaciones mordaces, hirientes se me clavaron en el corazón como si fueran puñales. Yo había perdido a mis amigos por defenderlo y así me lo pagó. Me quedé sola.

Y que yo saliera del pozo se lo debo a Lautaro. De no ser por él, no sé...

Pasado el trance, volví de a poco a la vida social. Y cada pareja que tenía, se sometía al escrutinio de mi hermano, que no quería verme de nuevo tan mal por culpa de un hombre.

Volviendo al presente, hablé con Lautaro sobre mi nueva “conquista”.

-No es una mala persona...Y es tan evidente que te quiere que hasta da lástima...-opinó.

-No seas tan duro -me reí.

-Es lo que se ve, Debborah-puntualizó.-No me disgusta...

Chasqueó la lengua.

-Hace mucho que no salís con alguien, además.-agregó-No te vendría mal. Hasta hace muy poco, todo era laburo y facultad para vos. No te va a hacer bien dejarte absorber así. Antes de que te des cuenta, se te va a pasar la vida y no vas a poder hacer nada.


No respondí. Medité lo dicho. Tenía razón.

-La decisión es tuya, Debbie. Lo más importante: ¿Lo querés?

-Sí, supongo.

Me analizó con la mirada. Creo que no me creyó del todo.

-Si vos lo decís...-se encogió de hombros-Tené cuidado. Y si pasa algo, ya sabés, estoy acá.

Me sonrió.

Más allá de lo que me dijeran, yo había tomado mi decisión. Sin embargo, el hecho de que Lautaro no pusiera ninguna objeción me hizo bien, como si fuera una especie de bendición.

Mañana voy a hablar con él. La idea me hizo sonreír.

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perdon por la tardanza...

la interesante supongo que llegara con el proximo capitulo

adiosito


Maeglin